Y sé que experimenté sentimientos importantes. El de la amistad, por ejemplo. Y una capacidad nueva para juzgar las cosas por mí misma; una cierta autonomía que me deslumbraba.
Pilar Mateos. El vidente
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A la caída de la tarde la actividad remitió. Fueron disminuyendo las idas y venidas y cundió una especie de sopor, como si empezáramos a instalarnos en la desgracia. Había quien se ocupaba de mantenernos dentro de la normalidad, de que los niños cenáramos a una hora adecuada y nos ducháramos como de costumbre. Yo no comprendía que mi madre se empeñara en mantener la rutina en esas circunstancias.
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Lo que no acababa de comprender era el momento, la causa, el lugar incluso donde sus padres se volvieron inexplicablemente extraños el uno para el otro. Cómo podía suceder una cosa así -que se rompieran de súbito todos los hilos que le unían a su prima, o a Borja, o al farmacéutico- era el más doloroso de los misterios. Que la figura bicéfala se desgajara de pronto en dos seres que se desconocían.
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Me di cuenta de que su voz era porosa y un poco áspera, con la calidad del barro que puede adoptar múltiples formas.
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El abuelo Perico, que acababa de llegar, tomó en brazos a Loreto y se encargó de tranquilizarla con palabras pequeñas y alegres como pájaros.
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Varias veces estuve tentada de volver a escribirle, pero el paso de los días iba acrecentando la distancia entre los dos y me iba transformando, paralelamente, en una desconocida para mí misma, y tuve miedo de enviar mi carta a otro desconocido.
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