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Si nunca volviera a experimentar tranquilidad no se preocuparía, porque ahora sabía que existía tal cosa. Su estrella era la Estrella Polar, baja en el cielo en aquella latitud, y la había elegido de entre todas las demás porque no sabía mucho de estrellas y esa era la más fácil de localizar y recordar.

Herbert Clyde Lewis. El caballero que cayó al mar

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