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La luna, vaya con la luna: blanca sombra de lo invisible, voz perpetua sibilante del cielo, todas atribuciones que ni Alaíde ni Zelma podrían haber nombrado, la luna las dejaba un poco menos solas, no más abrigadas ni amparadas, pero sí más unidas al paisaje, más de acuerdo con todo lo que es básico y necesario para seguir viviendo, agua, aire, el verde olvidado que podría haber sido el de las plantas ¿una enredadera? La luna frágil y perecedera les daba ánimo, les permitía respirar mejor.

Angélica Gorodischer. Las señoras de la calle Brenner

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