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—¿No lo notas?
Esme se giró.
—¿El qué?
—El mareo.
La niña lo pensó, hizo inventario de todo su ser buscando señales de malestar, pero no encontró nada. Se sintió vergonzosa, exuberantemente sana.
—No —contestó.

Maggie O’Farrell. La extraña desaparición de Esme Lennox

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